jueves, 29 de noviembre de 2012

Carta del jefe PIEL roja de Seattle

Tal vez nunca hayas pensado en la importancia de los componentes ambientales, como son la disponibilidad del agua o la calidad del aire, pero hoy es tiempo de reflexionar un poco. Quizá las palabras y mentalidad del jefe Piel Roja de Seattle, quien escribió una carta al presidente de los Estados Unidos en el año 1855 como respuesta a la petición de éste para comprar sus tierras, te haga reflexionar sobre su importancia. A continuación encontrarás un resumen de dicha carta.

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una "reservación" para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855

Carta del jefe PIEL roja de Seattle

Jefe de los Caras Pálidas

¿Cómo se puede comprar el cielo o el calor de la tierra? Ésa es para nosotros una idea extravagante.

Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes se propongan comprarla? Mi pueblo considera que cada elemento de este territorio es sagrado. Cada pino brillante que está naciendo, cada grano de arena en las playas de los ríos, los arroyos, cada gota de rocío entre las sombras de loas bosques, cada colina y hasta el sonido de los insectos son cosas sagradas para la mentalidad y las tradiciones de mi Pueblo.

La savia circula por dentro de los árboles llevando consigo la memoria de los Pieles Rojas. Nosotros somos parte de la tierra. Y la tierra es parte de nosotros. Las flores que aroman el aire son nuestras hermanas. El venado, el caballo y el águila también son nuestros hermanos. Los desfiladeros, los pastizales húmedos, el calor del cuerpo del caballo o del nuestro, forman un todo único.

Por lo antes dicho, creo que el jefe de los Cara Pálidas pide demasiado al querer comprarnos nuestras tierras.

El agua que circula por los ríos y arroyos de nuestro territorio no solo es agua, es también la sangre de nuestros ancestros. Si las vendiéramos nuestra tierra tendría que tratarla como sagrada y esto mismo tendría que enseñarles a sus hijos.

Cada cosa que se refleja en las aguas cristalinas de los lagos habla de los sucesos pasados de nuestro pueblo. La voz del padre de mi padre está en el murmullo de las aguas que corren. Estamos hermanados con los ríos que sacian nuestra sed. Los ríos conducen nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendiéramos nuestras tierras tendrían que tratar a los ríos con dulzura y enseñar esto a sus hijos.

Los Caras Pálidas no entienden nuestro modo de vida. Ustedes son extranjeros que llegan por la noche a usurpar de la tierra lo que necesitan. No tratan a la tierra como hermana sino como enemiga. Ustedes conquistan territorios y luego los abandonan…

Los Caras Pálidas tratan a la tierra madre y al cielo padre como si fuera simples cosas que se compran, como si fueran cuentas de collares que intercambian por otros objetos. El apetito de los Caras Pálidas terminará devorando todo lo que hay en las tierras hasta convertirse en desiertos.
En las poblaciones e los Caras Pálidas no hay tranquilidad, ahí no pueden oírse el abrir de las hojas primaverales ni el aleteo de los insectos. El ruido de sus poblaciones insulta a nuestros oídos. ¿Para qué le sirve la vida al ser humano si no puede escuchar el canto solitario del pájaro chotacabras?; ¿si no puede oír la algarabía nocturna de las ranas al borde de los estanques? Como Piel Roja no entiendo a los Caras Pálidas. Nosotros tenemos preferencias por los vientos suaves que susurran sobre los estanques, por los aromas de este límpido viento, por la llovizna del mediodía o por el ambiente que los pinos aromatizan.

Para los Pieles Rojas el aire es de un valor incalculable, ya que todos los seres compartidos el mismo aliento, todos: los árboles, los animales, los hombres. Los Caras Pálidas no tienen conciencia del aire que respiran, son moribundos insensibles a lo pestilente.

Si les vendiéramos nuestras tierras deben saber que el aire tiene un inmenso valor, deben entender que el aire comparte su espíritu con la v ida que sostiene. El primer soplo de vida que recibieron nuestros abuelos vino de ese aliento.
Si les vendiéramos las tierras ustedes deben tratar a los animales como hermanos. Yo he visto a miles de búfalo en descomposición en los campos. Los Caras Pálidas matan búfalo con sus trenes y ahí los dejan tirados, no los matan para comerlos. No entiendo cómo los Caras Pálidas le conceden más valor a una máquina humeante que a un búfalo.

Si todos los animales fueran exterminados el hombre también perecería entre una enorme soledad espiritual. El destino de los animales es el mismo que el de los hombres. Todo se armoniza.

Ustedes tienen que enseñarles a sus hijos…que la tierra se enriquece con las vidas de nuestros semejantes. La tierra debe ser respetad. Enseñen a sus hijos lo que los nuestros ya saben: que la tierra es nuestra madre. Lo que la tierra padezca será padecido por sus hijos. Cuando los hombres escupen al suelo se escupen ellos mismos

Nosotros estamos seguros de esto: que la tierra no es el hombre, sino que el hombre es de la tierra.

El hombre no teje el destino de la vida. El hombre es sólo una hebra en ese tejido. Lo que haga en el tejido se lo hace a sí mismo. El Cara Pálida no escapa a ese destino…

Tal vez los Caras Pálidas se extingan antes que las otras tribus. Está bien, sigan infectando sus lechos y cualquier día despertarán ahogándose entre sus propios desperdicios. Ustedes avanzarán llenos de gloria hacia su propia destrucción…

¿Qué ha sucedido con las plantas? Están destruidas.

¿Qué ha sucedido con el águila? Ha desaparecido.

De hoy en adelante la vida ha terminado. ¡Ahora empieza la supervivencia!

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